Mostrando las entradas con la etiqueta Liberalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Liberalismo. Mostrar todas las entradas
REFORMA | 1 de Julio de 2007
Para José Gutiérrez Vivó.
Hacia 1921 se desvaneció el último partido con la palabra "liberal" en sus siglas: el Partido Liberal Constitucionalista. El PLC contaba con miembros en el gabinete y tenía mayoría en la Cámara. Quiso hacerla valer, pero el invicto general Álvaro Obregón no tenía tiempo para sutilezas parlamentarias. No sólo no contemporizó con ellos sino que toleró un asalto al Palacio Legislativo al grito de... "¡Viva la Revolución Rusa!" Fue el último adiós del Estado al liberalismo.
En los años veinte los partidos políticos crecieron como hongos: los había nacionales, estatales y locales. Sus siglas revelaban una similar búsqueda de legitimidad en las corrientes ideológicas o políticas de moda: todas colectivistas, ninguna liberal. Así se fundaron varios partidos influyentes, ligados siempre a figuras políticas de renombre, entre otros el "Nacional Agrarista", de Soto y Gama, ligado a Obregón; el "Laborista Mexicano", de Morones, ligado a Calles; el "Nacional Cooperativista", de Prieto Laurens, ligado a De la Huerta; el "Comunista", fundado por el hindú Manabendra Nath Roy; el "Socialista del Sureste", fundado por Carrillo Puerto; el "Nacional Antirreeleccionista", ligado al filósofo y educador José Vasconcelos. Todos desaparecieron tras el ocaso de sus creadores o patronos. Además, en términos ideológicos, sus nomenclaturas resultaron parciales. Había que encontrar una que reinara sobre todas, y Calles encontró la que, a la postre, triunfa- ría, en la guerra de las siglas: el Partido Nacional Revolucionario, luego transformado en el Partido de la Revolución Mexicana y finalmente en el Partido Revolucionario Institucional.
A partir de 1929 se crearon otros partidos, que tampoco reivindicaron en sus siglas la palabra liberal. Algunos casi de membrete, como el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana; otros ligados parcialmente a un líder carismático, como el Partido Popular Socialista de Lombardo Toledano, o el Partido Demócrata Mexicano, "el del gallito", vinculado al sinarquismo ultramontano de Salvador Abascal. El común denominador de ésos y otros partidos fue su falta de solidez institucional. La excepción a la regla fue, desde luego, el Partido Acción Nacional, creado desde un principio con pautas democráticas, y destinado, no a conquistar el poder, sino a la paciente "brega de eternidades".
Los partidos de cuño revolucionario mexicano consideraban que el movimiento armado y la Constitución de 1917 representaban un progreso sobre los principios liberales -supuestamente anacrónicos- de la Carta de 1857. Pero, para no desocupar por entero la plaza, sus ideólogos principales (el más destacado fue Jesús Reyes Heroles) construyeron una obra respetable que pretendió trazar una continuidad entre los liberales de 1857 y los constituyentes de 1917. La supuesta convergencia entre el orden liberal y el priista fue criticada por unas cuantas voces (notablemente, la de Cosío Villegas) que sabían que el sistema político mexicano contradecía los postulados más elementales de una democracia liberal.
Por su parte, los partidos de cuño revolucionario socialista o comunista (algunos ligados a Moscú, otros dispersos en infinitas sectas o extraviados en las ideologías revolucionarias) desecharon como un anatema la posible convergencia con la tradición liberal. Esa confluencia podía haberlos librado de la clandestinidad (a veces heroica), y haberles dado presencia nacional y votos.
Por su cercanía a la Iglesia Católica, el Partido Acción Nacional estaba impedido a reconocer expresamente el legado liberal. Todo lo liberal sonaba a jacobino. Las siglas del PAN, como se sabe, provienen de Action Française, el influyente partido de derecha fundado por Charles Maurras en Francia. Pero hay un dato que a menudo se olvida: el carácter liberal de la lucha universitaria de 1933, que está en el origen del PAN. Guiados por el rector Gómez Morín, quienes libraron esa lucha por la libertad de cátedra y de expresión, frente a un Estado que pretendía imponer la "educación socialista" (que Jorge Cuesta llamó la "nueva política clerical"), fueron católicos liberales como el propio Gómez Morín y Antonio Caso. No en balde fue Caso quien acuñó la frase "Parecían gigantes" para referirse a los liberales de la Reforma. En sus mejores momentos (su lucha parlamentaria en los cuarenta, la presidencia de Adolfo Christlieb Ibarrola, las elecciones de los ochenta) el PAN ha sido -en términos políticos- heredero del maderismo. Por desgracia, la otra cara del PAN, la clerical, dogmática e intolerante, no es menos poderosa. Y para colmo, la propensión panista a legislar sobre la vida privada sigue siendo un pesado lastre antiliberal.
¿Podrían los partidos redescubrir ese legado? El PRI podría reivindicarlo, con enormes esfuerzos de autocrítica y una decidida actitud modernizadora. Es improbable que lo haga. En cuanto al PAN, a juzgar por su dirigencia actual -antiliberal en casi todos sentidos- no puede ni quiere reconocerse en esa herencia. La gestación de un liberalismo católico no sería impensable (no lo fue en la época de la Reforma), pero requeriría un arrojo extraordinario y la posibilidad de tomar distancia de la Iglesia Católica, enemiga mortal del liberalismo desde el siglo XVIII. ¿Y el PRD? Mucho más que sus antecesores (el PSUM, el PMT; el PSD, etcétera), el PRD se ha acercado a asumir como propia la vida democrática, pero está muy lejos de entender, mucho menos de arrogarse, el legado liberal. Aunque es quien defiende con mayor denuedo la separación de la Iglesia y el Estado, las actitudes dogmáticas de sus dirigentes y sus órganos periodísticos revelan una intolerancia "clerical", a veces "inquisitorial". Y su plataforma -como vio hace años Gabriel Zaid- se parece menos a la de los liberales del siglo XIX que a la de sus acérrimos enemigos, los conservadores: Estado protector de la identidad nacional, las corporaciones (en aquel tiempo militares y eclesiásticas, en el nuestro sindicales, académicas, burocráticas), odio contra Estados Unidos, etcétera.
En México el liberalismo está vivo. En su versión moderada (lejos del viejo jacobinismo o de las doctrinas económicas de un rígido laissez faire), lo profesa y practica sin saberlo una buena parte de la población, que cree en la democracia, aprecia la libertad en todas sus manifestaciones, exige tolerancia e igualdad de derechos, sueña con un Estado de derecho y con un Estado eficiente, responsable, acotado y honesto. México es, en buena medida, liberal, pero el liberalismo mexicano no tiene representación en los partidos, que van a la zaga de la sociedad. Por fortuna, el liberalismo puede encontrar otras vías de participación ciudadana paralelas, aunque no contrarias, a los partidos. Tal vez ésa sea, entre nosotros, su mejor vocación.
Para José Gutiérrez Vivó.
Hacia 1921 se desvaneció el último partido con la palabra "liberal" en sus siglas: el Partido Liberal Constitucionalista. El PLC contaba con miembros en el gabinete y tenía mayoría en la Cámara. Quiso hacerla valer, pero el invicto general Álvaro Obregón no tenía tiempo para sutilezas parlamentarias. No sólo no contemporizó con ellos sino que toleró un asalto al Palacio Legislativo al grito de... "¡Viva la Revolución Rusa!" Fue el último adiós del Estado al liberalismo.
En los años veinte los partidos políticos crecieron como hongos: los había nacionales, estatales y locales. Sus siglas revelaban una similar búsqueda de legitimidad en las corrientes ideológicas o políticas de moda: todas colectivistas, ninguna liberal. Así se fundaron varios partidos influyentes, ligados siempre a figuras políticas de renombre, entre otros el "Nacional Agrarista", de Soto y Gama, ligado a Obregón; el "Laborista Mexicano", de Morones, ligado a Calles; el "Nacional Cooperativista", de Prieto Laurens, ligado a De la Huerta; el "Comunista", fundado por el hindú Manabendra Nath Roy; el "Socialista del Sureste", fundado por Carrillo Puerto; el "Nacional Antirreeleccionista", ligado al filósofo y educador José Vasconcelos. Todos desaparecieron tras el ocaso de sus creadores o patronos. Además, en términos ideológicos, sus nomenclaturas resultaron parciales. Había que encontrar una que reinara sobre todas, y Calles encontró la que, a la postre, triunfa- ría, en la guerra de las siglas: el Partido Nacional Revolucionario, luego transformado en el Partido de la Revolución Mexicana y finalmente en el Partido Revolucionario Institucional.
A partir de 1929 se crearon otros partidos, que tampoco reivindicaron en sus siglas la palabra liberal. Algunos casi de membrete, como el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana; otros ligados parcialmente a un líder carismático, como el Partido Popular Socialista de Lombardo Toledano, o el Partido Demócrata Mexicano, "el del gallito", vinculado al sinarquismo ultramontano de Salvador Abascal. El común denominador de ésos y otros partidos fue su falta de solidez institucional. La excepción a la regla fue, desde luego, el Partido Acción Nacional, creado desde un principio con pautas democráticas, y destinado, no a conquistar el poder, sino a la paciente "brega de eternidades".
Los partidos de cuño revolucionario mexicano consideraban que el movimiento armado y la Constitución de 1917 representaban un progreso sobre los principios liberales -supuestamente anacrónicos- de la Carta de 1857. Pero, para no desocupar por entero la plaza, sus ideólogos principales (el más destacado fue Jesús Reyes Heroles) construyeron una obra respetable que pretendió trazar una continuidad entre los liberales de 1857 y los constituyentes de 1917. La supuesta convergencia entre el orden liberal y el priista fue criticada por unas cuantas voces (notablemente, la de Cosío Villegas) que sabían que el sistema político mexicano contradecía los postulados más elementales de una democracia liberal.
Por su parte, los partidos de cuño revolucionario socialista o comunista (algunos ligados a Moscú, otros dispersos en infinitas sectas o extraviados en las ideologías revolucionarias) desecharon como un anatema la posible convergencia con la tradición liberal. Esa confluencia podía haberlos librado de la clandestinidad (a veces heroica), y haberles dado presencia nacional y votos.
Por su cercanía a la Iglesia Católica, el Partido Acción Nacional estaba impedido a reconocer expresamente el legado liberal. Todo lo liberal sonaba a jacobino. Las siglas del PAN, como se sabe, provienen de Action Française, el influyente partido de derecha fundado por Charles Maurras en Francia. Pero hay un dato que a menudo se olvida: el carácter liberal de la lucha universitaria de 1933, que está en el origen del PAN. Guiados por el rector Gómez Morín, quienes libraron esa lucha por la libertad de cátedra y de expresión, frente a un Estado que pretendía imponer la "educación socialista" (que Jorge Cuesta llamó la "nueva política clerical"), fueron católicos liberales como el propio Gómez Morín y Antonio Caso. No en balde fue Caso quien acuñó la frase "Parecían gigantes" para referirse a los liberales de la Reforma. En sus mejores momentos (su lucha parlamentaria en los cuarenta, la presidencia de Adolfo Christlieb Ibarrola, las elecciones de los ochenta) el PAN ha sido -en términos políticos- heredero del maderismo. Por desgracia, la otra cara del PAN, la clerical, dogmática e intolerante, no es menos poderosa. Y para colmo, la propensión panista a legislar sobre la vida privada sigue siendo un pesado lastre antiliberal.
¿Podrían los partidos redescubrir ese legado? El PRI podría reivindicarlo, con enormes esfuerzos de autocrítica y una decidida actitud modernizadora. Es improbable que lo haga. En cuanto al PAN, a juzgar por su dirigencia actual -antiliberal en casi todos sentidos- no puede ni quiere reconocerse en esa herencia. La gestación de un liberalismo católico no sería impensable (no lo fue en la época de la Reforma), pero requeriría un arrojo extraordinario y la posibilidad de tomar distancia de la Iglesia Católica, enemiga mortal del liberalismo desde el siglo XVIII. ¿Y el PRD? Mucho más que sus antecesores (el PSUM, el PMT; el PSD, etcétera), el PRD se ha acercado a asumir como propia la vida democrática, pero está muy lejos de entender, mucho menos de arrogarse, el legado liberal. Aunque es quien defiende con mayor denuedo la separación de la Iglesia y el Estado, las actitudes dogmáticas de sus dirigentes y sus órganos periodísticos revelan una intolerancia "clerical", a veces "inquisitorial". Y su plataforma -como vio hace años Gabriel Zaid- se parece menos a la de los liberales del siglo XIX que a la de sus acérrimos enemigos, los conservadores: Estado protector de la identidad nacional, las corporaciones (en aquel tiempo militares y eclesiásticas, en el nuestro sindicales, académicas, burocráticas), odio contra Estados Unidos, etcétera.
En México el liberalismo está vivo. En su versión moderada (lejos del viejo jacobinismo o de las doctrinas económicas de un rígido laissez faire), lo profesa y practica sin saberlo una buena parte de la población, que cree en la democracia, aprecia la libertad en todas sus manifestaciones, exige tolerancia e igualdad de derechos, sueña con un Estado de derecho y con un Estado eficiente, responsable, acotado y honesto. México es, en buena medida, liberal, pero el liberalismo mexicano no tiene representación en los partidos, que van a la zaga de la sociedad. Por fortuna, el liberalismo puede encontrar otras vías de participación ciudadana paralelas, aunque no contrarias, a los partidos. Tal vez ésa sea, entre nosotros, su mejor vocación.
Etiquetas: Enrique Krauze, Liberalismo
REFORMA | 17 de Junio de 2007
En Estados Unidos, los conservadores detestan la palabra "liberal" al grado de decretarla impronunciable. Es "the L word". Como en lo religioso y lo político aquella sociedad nació "liberal", es decir, abierta y tolerante, el significado del término ha emigrado a zonas económicas, sociales y morales de la vida pública. "Liberal", en Estados Unidos, es quien favorece la intervención del Estado en asuntos de bienestar social, quien adopta posiciones de tolerancia en temas raciales o sexuales, quien se opone a las políticas fiscales que atizan la desigualdad. Porque en Estados Unidos el poder incontrastado pertenece a las grandes corporaciones, el liberalismo suele ser igualitario, pero aun en ese aspecto no es un cuerpo predeterminado de doctrina sino un conjunto plural de actitudes y puntos de vista que, de manera más o menos casuística, responde a los temas de interés general.
En la tradición europea, marcada durante siglos por opresiones de raíz teológica y política, la palabra "liberal" mantiene su significado clásico. En términos religiosos, liberal es la persona "sin prejuicios, de mentalidad abierta, en especial quien está libre de intolerancia fanática y de prejuicios irracionales a favor de opiniones tradicionales o de instituciones añejas, y se abre a ideas nuevas". En términos políticos, "liberal" es quien "favorece o respeta los derechos y libertades individuales... quien impulsa el libre comercio y las reformas políticas y sociales graduales, que tiendan a la libertad individual y la democracia" (The New Shorter Oxford Dictionary, 1993). En el paradigmático caso inglés, el liberalismo está ligado al partido Whig que combatió la excesiva autoridad real o aristocrática y defendió a la democracia y los cuerpos parlamentarios.
En España la palabra liberal no sólo es de antigua prosapia sino que allí encontró su uso como sustantivo. Originalmente, en la literatura del Siglo de Oro, se empleaba en el sentido del original latín, liberalis (desprendido). Según el Diccionario de Autoridades, el adjetivo liberal significa "generoso, bizarro, y que sin fin particular, ni tocar en el extremo de la prodigalidad, graciosamente da y socorre, no sólo a los menesterosos sino a los que no lo son tanto, haciéndoles todo bien". Así lo utiliza Cervantes en el Quijote: "No quiso aceptar ninguno de sus liberales ofrecimientos". Según el Diccionario de Corominas, el paso del adjetivo liberal a la esfera política ocurrió a fines del siglo XVIII a partir del pensamiento del Abate Sieyés y Benjamin Constant (muy leído en México). Pero fue en 1810, en el contexto de las guerras napoleónicas en España, cuando la palabra comenzó a aplicarse a un partido político cuyos miembros se denominaban "liberales" por oposición a los "serviles" (paralelamente también en España se acuñó otra palabra, de no menor importancia: "guerrilla"). A partir de la Constitución de Cádiz (1812) los liberales comenzarían su larga y sinuosa trayectoria en la historia española, luchando contra los carlistas y la Corona, y contra sí mismos, desgarrados en la vertiente moderada y la radical. A fin de cuentas, su legado fue sustantivo aunque desigual: contribuyeron a instaurar un orden más igualitario, una economía más abierta, un organismo judicial uniforme, abolieron los gremios y, ante todo, desamortizaron la propiedad de la Iglesia. Lamentablemente, no consiguieron modificar de fondo la cultura política española, ni arraigar las costumbres democráticas. Ya en pleno siglo XX, la guerra civil ahogó al liberalismo clásico en un encrespado mar de ismos intolerantes. Hace treinta años, tras la dictadura franquista, España pareció haber reencontrado el liberalismo, no como patrimonio ideológico de un partido sino como terreno común de democracia, legalidad, civilidad, y también de tolerancia entre dos fuerzas históricas, el PP y el PSOE. Hoy, por desgracia, la crispación entre ellas amenaza nuevamente con relegar al liberalismo al triste papel de espectador en la eterna lucha entre hermanos que plasmó Goya.
En México, el prestigio político de la palabra liberal duró un siglo: de 1812 a 1921, del nacimiento de la nación al triunfo de la Revolución. Liberales puros fueron Mora, Rejón, Gómez Farías, Ocampo, Ramírez, Prieto, Riva Palacio, Altamirano, Juárez, Vallarta, Zarco. Pero liberales fueron también los moderados Otero, José Fernando Ramírez, Mariano Riva Palacio, José María Lafragua, Ignacio Comonfort. Puros o moderados, el extraordinario legado de los liberales fue la Constitución de 1857, a la que México debe la separación entre la Iglesia y el Estado y el orden legal que, no sin dificultades, aún lo sostiene. El triunfo de la República en 1867 pudo y debió haber consolidado la unidad del grupo liberal (sin detrimento del conservador, canalizado en el parlamento), pero las rencillas internas y el advenimiento del dictador Porfirio Díaz lo impidieron. El liberalismo mexicano entró en un estado de confusión. Subrepticiamente, el México conservador (proclive al poder absoluto, receloso de los congresos y las libertades) se insinuaba en el cuerpo doctrinal liberal, al grado de que sus exponentes no tenían empacho en autodesignarse "liberales-conservadores".
En los primeros años del siglo XX, la palabra "liberal" presidió la fundación de cientos de clubes democráticos en toda la república. Era el emblema de la oposición a Díaz. Francisco I. Madero fue, en esencia, un liberal que buscaba la restauración del orden liberal consignado en la Constitución de 1857. Su victoria en 1911 fue fugaz. Su derrota repercutió a lo largo de todo el siglo XX. Su alternativa quedó abierta.
La Revolución mexicana fue "el primer ataque al bastión del liberalismo en el siglo XX" (Cosío Villegas). En sí mismos, los derechos sociales consignados en la Constitución de 1917 no representaban contradicción alguna con los derechos y garantías individuales de la carta de 1857. Pero el Estado que nació de la Revolución sí implicaba un conflicto directo con el ideal liberal. El activo papel tutelar que le asignaba la nueva ley, el poder que confería al Presidente sobre el Legislativo, la noción misma de la propiedad originaria de los bienes del suelo y subsuelo como perteneciente a la nación ("representada" a su vez por el Estado, "representado" a su vez por el Presidente) presagiaba el ocaso político de liberalismo mexicano.
Actualmente, en México padecemos una lamentable confusión sobre el sentido de las palabras "liberal" y "conservador". La comenzó el PRI, al autoidentificarse ilegítimamente con el legado liberal del siglo XIX, herencia que traicionaba en la práctica política. Pero ahora esa confusión continúa en muchos sectores de la izquierda que por un lado tachan a los liberales de conservadores, y por otro se invisten ostentosamente como herederos del liberalismo, cuando lo cierto es que (con excepción de algunos puntos de la agenda social) son, en lo político y económico, el vivo retrato de los conservadores del XIX.
La alternativa liberal no está representada en los partidos políticos de México y es minoritaria en los sectores intelectuales. Pero el liberalismo está vivo. Lo profesan, a veces sin saberlo, las mayorías silenciosas de México
En la tradición europea, marcada durante siglos por opresiones de raíz teológica y política, la palabra "liberal" mantiene su significado clásico. En términos religiosos, liberal es la persona "sin prejuicios, de mentalidad abierta, en especial quien está libre de intolerancia fanática y de prejuicios irracionales a favor de opiniones tradicionales o de instituciones añejas, y se abre a ideas nuevas". En términos políticos, "liberal" es quien "favorece o respeta los derechos y libertades individuales... quien impulsa el libre comercio y las reformas políticas y sociales graduales, que tiendan a la libertad individual y la democracia" (The New Shorter Oxford Dictionary, 1993). En el paradigmático caso inglés, el liberalismo está ligado al partido Whig que combatió la excesiva autoridad real o aristocrática y defendió a la democracia y los cuerpos parlamentarios.
En España la palabra liberal no sólo es de antigua prosapia sino que allí encontró su uso como sustantivo. Originalmente, en la literatura del Siglo de Oro, se empleaba en el sentido del original latín, liberalis (desprendido). Según el Diccionario de Autoridades, el adjetivo liberal significa "generoso, bizarro, y que sin fin particular, ni tocar en el extremo de la prodigalidad, graciosamente da y socorre, no sólo a los menesterosos sino a los que no lo son tanto, haciéndoles todo bien". Así lo utiliza Cervantes en el Quijote: "No quiso aceptar ninguno de sus liberales ofrecimientos". Según el Diccionario de Corominas, el paso del adjetivo liberal a la esfera política ocurrió a fines del siglo XVIII a partir del pensamiento del Abate Sieyés y Benjamin Constant (muy leído en México). Pero fue en 1810, en el contexto de las guerras napoleónicas en España, cuando la palabra comenzó a aplicarse a un partido político cuyos miembros se denominaban "liberales" por oposición a los "serviles" (paralelamente también en España se acuñó otra palabra, de no menor importancia: "guerrilla"). A partir de la Constitución de Cádiz (1812) los liberales comenzarían su larga y sinuosa trayectoria en la historia española, luchando contra los carlistas y la Corona, y contra sí mismos, desgarrados en la vertiente moderada y la radical. A fin de cuentas, su legado fue sustantivo aunque desigual: contribuyeron a instaurar un orden más igualitario, una economía más abierta, un organismo judicial uniforme, abolieron los gremios y, ante todo, desamortizaron la propiedad de la Iglesia. Lamentablemente, no consiguieron modificar de fondo la cultura política española, ni arraigar las costumbres democráticas. Ya en pleno siglo XX, la guerra civil ahogó al liberalismo clásico en un encrespado mar de ismos intolerantes. Hace treinta años, tras la dictadura franquista, España pareció haber reencontrado el liberalismo, no como patrimonio ideológico de un partido sino como terreno común de democracia, legalidad, civilidad, y también de tolerancia entre dos fuerzas históricas, el PP y el PSOE. Hoy, por desgracia, la crispación entre ellas amenaza nuevamente con relegar al liberalismo al triste papel de espectador en la eterna lucha entre hermanos que plasmó Goya.
En México, el prestigio político de la palabra liberal duró un siglo: de 1812 a 1921, del nacimiento de la nación al triunfo de la Revolución. Liberales puros fueron Mora, Rejón, Gómez Farías, Ocampo, Ramírez, Prieto, Riva Palacio, Altamirano, Juárez, Vallarta, Zarco. Pero liberales fueron también los moderados Otero, José Fernando Ramírez, Mariano Riva Palacio, José María Lafragua, Ignacio Comonfort. Puros o moderados, el extraordinario legado de los liberales fue la Constitución de 1857, a la que México debe la separación entre la Iglesia y el Estado y el orden legal que, no sin dificultades, aún lo sostiene. El triunfo de la República en 1867 pudo y debió haber consolidado la unidad del grupo liberal (sin detrimento del conservador, canalizado en el parlamento), pero las rencillas internas y el advenimiento del dictador Porfirio Díaz lo impidieron. El liberalismo mexicano entró en un estado de confusión. Subrepticiamente, el México conservador (proclive al poder absoluto, receloso de los congresos y las libertades) se insinuaba en el cuerpo doctrinal liberal, al grado de que sus exponentes no tenían empacho en autodesignarse "liberales-conservadores".
En los primeros años del siglo XX, la palabra "liberal" presidió la fundación de cientos de clubes democráticos en toda la república. Era el emblema de la oposición a Díaz. Francisco I. Madero fue, en esencia, un liberal que buscaba la restauración del orden liberal consignado en la Constitución de 1857. Su victoria en 1911 fue fugaz. Su derrota repercutió a lo largo de todo el siglo XX. Su alternativa quedó abierta.
La Revolución mexicana fue "el primer ataque al bastión del liberalismo en el siglo XX" (Cosío Villegas). En sí mismos, los derechos sociales consignados en la Constitución de 1917 no representaban contradicción alguna con los derechos y garantías individuales de la carta de 1857. Pero el Estado que nació de la Revolución sí implicaba un conflicto directo con el ideal liberal. El activo papel tutelar que le asignaba la nueva ley, el poder que confería al Presidente sobre el Legislativo, la noción misma de la propiedad originaria de los bienes del suelo y subsuelo como perteneciente a la nación ("representada" a su vez por el Estado, "representado" a su vez por el Presidente) presagiaba el ocaso político de liberalismo mexicano.
Actualmente, en México padecemos una lamentable confusión sobre el sentido de las palabras "liberal" y "conservador". La comenzó el PRI, al autoidentificarse ilegítimamente con el legado liberal del siglo XIX, herencia que traicionaba en la práctica política. Pero ahora esa confusión continúa en muchos sectores de la izquierda que por un lado tachan a los liberales de conservadores, y por otro se invisten ostentosamente como herederos del liberalismo, cuando lo cierto es que (con excepción de algunos puntos de la agenda social) son, en lo político y económico, el vivo retrato de los conservadores del XIX.
La alternativa liberal no está representada en los partidos políticos de México y es minoritaria en los sectores intelectuales. Pero el liberalismo está vivo. Lo profesan, a veces sin saberlo, las mayorías silenciosas de México
Etiquetas: Enrique Krauze, Liberalismo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)