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Además de calificar de propuesta al vapor la del voto en blanco, destaca la necesidad de una revolución ética al interior de los partidos

Alma Wong

Ciudad de México (21 junio 2009).- La Arquidiócesis de México criticó las iniciativas ciudadanas que pretenden comprometer a los candidatos a cumplir sus promesas de campaña, así como la falta de postulados claros de los partidos políticos.

En el editorial del semanario Desde la Fe, advirtió que el País no necesita de propuestas "al vapor", como la del voto en blanco, sino de una revolución ética y moral al interior de las instituciones políticas.

"México no necesita de propuestas al vapor (entre ellas la del voto nulo), sino de una revolución ética y moral al interior de las instituciones políticas. A México le urgen legisladores y funcionarios con principios, que volteen a ver los ideales que construyeron la base del partido al que pertenecen.

"México necesita de una clase política capaz de ejercer la autocrítica y la renovación que le permita mostrarse a la sociedad con un rostro más limpio y servicial. Sin lugar a dudas, cualquier propuesta está destinada al fracaso si no existe este cambio de mentalidad capaz de vencer el cinismo, el pragmatismo grosero, la falta de valores y la lucha desenfrenada por el poder, que actualmente es visto como una canonjía de la cual se pueden servir", consideró.

Sin señalar nombres, la Arquidiócesis acusó que existen ciudadanos, que envueltos en la inmadurez cívica, consideran que los problemas deben ser resueltos sólo por las autoridades.

Piensan, agregó, que el esquema político puede cambiar al pedir que los candidatos firmen ante notario público sus compromisos.

"Al respecto, debemos preguntarnos: ¿y quién se encargará de exigirles su cumplimiento?, ¿con base en qué mecanismos legales podemos pedirles su renuncia? ¿dónde está el sustento institucional para hacer funcionar tales propuestas?

"Por ello, no es extraño que mañosamente todos los partidos políticos hayan aceptado con prontitud tal propuesta, y algunos candidatos se hayan dado a la tarea de dejar notarialmente registradas sus propuestas de campaña, en un show mediático lleno de hipocresía y cinismo, pues en el fondo estos personajes saben que no existen los mecanismos para que este compromiso se les revierta", advirtió.

REFORMA

Hace 25 años (casi), el 19 de junio de 1982, el Zócalo de la Ciudad de México se vio inundado por una multitud que apoyaba la candidatura a la Presidencia de la República de Arnoldo Martínez Verdugo, postulado por el Partido Socialista Unificado de México. Aquel día, por primera vez luego de 14 años, una manifestación independiente ocupaba ese espacio. Desde las masivas concentraciones de 1968 el Zócalo se había convertido en tabú, en zona prohibida para la oposición y desde el gobierno se impedía por todos los medios que voces disidentes se expresaran ahí. Era un área que sólo podía ser explotada por el oficialismo. No obstante, aquel día, miles y miles de hombres y mujeres caminando desde un costado del Monumento a la Revolución llegaron a la plaza con sus banderas rojas. Y entre consignas y gritos ejercieron sus derechos e hicieron suya y ayudaron a construir esa noción evanescente que denominamos libertad.


Hace un cuarto de siglo, el PSUM realizó su primera y única campaña presidencial. La novedad: lo hacía amparado en la ley. En 1976, el Partido Comunista había postulado como candidato a la Presidencia a Valentín Campa para hacerse presente a la luz del día y como fórmula para denunciar su exclusión arbitraria del marco electoral. La reforma política del año siguiente (1977) no puede explicarse sin aquel reclamo y sin la enorme conflictividad que cruzaba al país y que no encontraba puentes de comunicación con el espacio institucional. Las elecciones intermedias de 1979 habían sido la primera prueba de la reforma y en 1982 contendían siete candidatos a la Presidencia, luego de que en 1976 oficialmente sólo había una opción, la de José López Portillo apoyado por el PRI, el PPS y el PARM. Ahora, los partidos eran considerados por la Constitución "entidades de interés público" y podían ejercer una serie de derechos y prerrogativas y eso era lo que hacía, sin duda, el PSUM.

Hace 25 años, el PSUM representaba el primer intento de unificar a la izquierda mexicana. Hasta ese momento profundamente dividida y sin peso sustantivo en las elecciones, se trataba de revertir esa situación y proyectarla como una fuerza alternativa. El 6 de noviembre de 1981 se habían fusionado en la nueva organización, los partidos Comunista Mexicano, del Pueblo Mexicano (PPM), Socialista Revolucionario (PSR) y los movimientos de Acción Popular (MAP) y de Acción y Unidad Socialista (MAUS). Trayectorias, idearios, formas de acción distintas se conjugaban para intentar multiplicar el peso de la izquierda. Visto en retrospectiva, se trató de un primer eslabón que en los años siguientes se reforzaría con nuevos y más abarcadores procesos de fusión entre partidos, agrupaciones, corrientes e individuos.

Hace 25 años, cuando la mitad de los mexicanos que hoy están vivos aún no nacían, los candidatos del PSUM hicieron campaña a lo largo y ancho del país. Explotando las nuevas condiciones políticas y legales desplegaron sus iniciativas para entrar en contacto con miles y miles de ciudadanos. Arnoldo Martínez Verdugo y su caravana recorrieron el país en 185 días. Arrancó el 4 de diciembre de 1981 en la Plaza de Santo Domingo en el Distrito Federal y de ahí a Alcozauca, Guerrero (en la montaña), pequeño municipio enclavado en el fondo de una cañada, y que había sido el primero "conquistado" por el PCM... y ni un solo día fue de reposo. La izquierda entonces aparece en periódicos y revistas y de manera marginal en la radio y la televisión. Se empieza a convertir -como diría Mitterrand- en parte del paisaje. "El candidato del PSUM recorrió más de 38 mil kilómetros para visitar 202 municipios y poblados en los que encabezó 311 actos públicos, entre ellos 167 mítines, 65 comidas populares; y asistir a 10 penales para hablar con prisioneros políticos. Además, encuentros, marchas, foros y ofrendas florales. En total cerca de 305 mil 790 personas acudieron a tales concentraciones. Nunca, como entonces, una campaña proselitista de izquierda tuvo contacto personal con semejante cantidad de mexicanos", escribieron los entonces reporteros Rogelio Hernández y Roberto Rock en su vibrante crónica de la campaña titulada precisamente Zócalo Rojo (Océano, 1982, p. 21).

Hace 25 años, la campaña del PSUM intentó poner en el centro del debate público los diagnósticos y las propuestas, hacer de la confrontación político-electoral un escenario cargado de ideas, análisis, iniciativas. Así lo escribió entonces Rolando Cordera: "se requería... convertir a la campaña en una suerte de foro omnipresente en el cual el Partido frente a la sociedad, el Estado y la Nación, ubicara o descubriera los nudos estratégicos de la problemática mexicana, explorara y arriesgara soluciones, especulara y proyectara vías de acción, coaliciones posibles y aparentemente imposibles, y vislumbrara, con el máximo de libertad, nuevas plataformas de desarrollo social y político... lo anterior pretendía establecer como eje de la acción política del socialismo mexicano la noción de proyecto nacional alternativo" (en Zócalo Rojo, Op. cit., p. 11-12). Se discutía sobre las posibilidades de "una nueva sociedad rural" y la defensa de los recursos naturales, sobre el diálogo entre cristianos y marxistas y la situación de los indígenas, sobre los contenidos de una nueva reforma política y la necesaria libertad y democracia en los sindicatos, la emancipación de la mujer, los problemas de la educación y "el socialismo al que aspiramos" (A. Martínez Verdugo, El proyecto socialista, editorial del Comité Central, 1983, 323 págs).

Hace un cuarto de siglo, en la elección presidencial, el PSUM y Arnoldo Martínez Verdugo obtuvieron 821 mil 995 votos, el 3.48 por ciento


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Entereza frente al golpismo


(23 de febrero de 1981, 18:21 hrs., Madrid, España)




Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma
Diciembre 4, 2006


La protesta de Felipe Calderón fue una muestra de entereza. La salida fácil era ceder ante la presión de los perredistas. Pero los rehenes políticos de López Obrador no formulaban una atendible petición parlamentaria: pretendían intimidar al nuevo mandatario para nublar la legalidad de su asunción. Más que eso: buscaban la ruptura del orden constitucional. Lo gritaron a los cuatro vientos y sin asomo de vergüenza: no permitiremos la toma de posesión. Imaginemos las mismas escenas con distintos actores. Imaginemos que el PRI hubiera declarado hace seis años que impediría por la fuerza la toma de posesión del Presidente panista porque la legitimidad histórica (no la pueril legitimidad institucional) le correspondía al partido de la revolución. Ése es el tamaño de la aberración que presenciamos. El intento perredista debe ser nombrado con sus ocho letras: golpismo. No merece otro nombre el afán de imponer por la fuerza una crisis institucional, fuimos testigos del intento de un golpe de Estado. En efecto, eso fue lo que vimos. Se intentó romper el orden democrático. Por eso es encomiable la tenacidad de los panistas, la conducta de los priistas y la determinación del Presidente entrante.

Suelen los transitómanos hablar con frecuencia del caso español. Han soñado durante años con una Moncloa, con una Constitución paralela a la del 78, con un pacto semejante al de la fundación española. Muchos políticos mexicanos se han imaginado como los personajes de aquella transición. Pues bien, si se quiere insistir en el paralelo, los perredistas han tenido a bien entregarnos una versión patética del coronel Tejero. Que no se haya escuchado un balazo en el salón del Congreso no altera la analogía. En ambos casos se intentó someter la democracia al imperio de la fuerza. La gran diferencia entre el episodio español y el mexicano no es el revólver del militar sino la procedencia de los golpistas mexicanos. Quienes pretendieron la ruptura institucional no eran militares disgustados con las contrariedades del pluralismo. Eran legisladores, esto es, representantes de un orden institucional y democrático. Su título, por cierto, es tan limpio como el del Presidente entrante. Fueron electos el mismo día y bajo las mismas reglas. Los mismos ciudadanos los eligieron y los mismos ciudadanos contaron los votos. Demencial es pensar que el título de unos es incuestionable mientras el del otro es descartado y lanzado al cesto de basura. El episodio es francamente delirante, incomprensible: los encargados de cuidar la casa empeñados en incendiarla. Sin recato alguno, anunciaron su determinación de dinamitar el relevo, es decir, de romper con el orden institucional. Quienes se decían moderados y razonables optaron por cuidar el pescuezo y no molestar al amado o, más bien, temido, líder. Comparsas de esta tragedia de la izquierda mexicana.

El partido que se define por su compromiso democrático actuó como lacayo de un rencor ciego y destructivo, desesperado y ridículo. El PRD mostró una monolítica convicción antidemocrática. A juzgar por el comportamiento de los perredistas en la Cámara y las declaraciones de sus voceros, esa persuasión resultó unánime. Dejo fuera de esta crítica los reparos de los gobernadores perredistas que se distanciaron de la ruta golpista. Lo sorprendente es que ni un solo legislador federal tuvo el valor de oponer su palabra a la bravuconería del vocero perredista. Ni un solo diputado, ni un solo senador fue capaz de esgrimir un argumento frente a la política del rencor y la ambición revanchista. La disciplina del miedo se impuso dentro de ese partido. Los moderados terminaron siendo nada, cómplices silenciosos de la enajenación golpista. La retórica perredista de estas jornadas lamentables no fue más que ostentación de amenazas, anticipos de violencia y vaticinios apocalípticos. Si atendemos las palabras del cacique todavía reinante en esa provincia, el compromiso político del PRD consiste en la ambiciosa tarea de hacer fracasar al gobierno. Eso. No tratarán de oponerse a sus políticas. No pretenden resistir iniciativas contrarias a su proyecto. Pretenden oponerse también a aquellas medidas que adopten su plan, si es que vienen del gobierno. Es el patriotismo de la hecatombe. La única forma de hacerle un bien a México es incendiarlo primero para sembrar en tierra enriquecida con cadáveres panistas. El compromiso democrático significa para el PRD empeñarse en el naufragio del gobierno.

La entereza de Calderón merece reconocimiento. El Presidente venció los obstáculos físicos que le pusieron en el camino, entró al Congreso y ahí protestó el cargo. La frustración de los golpistas que se empeñaban en hacer fracasar la ceremonia es un triunfo democrático. No olvido las enormes dificultades que enfrenta su gobierno. No menosprecio los retos que enfrentará en el flanco institucional y, sobre todo, en el ámbito de la política salvaje. Creo que su equipo tiene fallas evidentes y que, por algunos nombramientos, envía señales preocupantes. Pero Felipe Calderón ha plantado cara a la intimidación que nos ha gobernado durante seis años. Ésa fue, en efecto, la autoridad suprema durante el sexenio de Fox: el chantaje. Padecimos durante años la política de la extorsión, esa política en donde la amenaza era respondida una y otra vez con concesiones. Un Presidente sin idea de gobierno y un grupo de actores políticos sin compromiso alguno con la legalidad; chantaje y cesión. Ése fue el círculo fatal del foxismo. El primer gesto de Calderón ha sido escapar de él. Ése es el atisbo de un buen comienzo.


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